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Caminando entre pingüinos -

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Piratour es la única agencia de turismo habilitada en Ushuaia para descender en la Isla Martillo, donde hay colonias de pingüinos magallánicos y papúa. Allí también se pueden ver algunos ejemplares de pinguinos rey y visitar el centro de investigación de vida que funciona dentro de la Estancia Harberton, la primera estancia establecida a orillas del Canal del Beagle. Anécdotas e imágenes de una caminata inolvidable que empieza y termina bien en buena compañía.
Llegar a Ushuaia es entrar a un callejón sin salida: se entra y se sale por un único control policial terrestre. Cuando el micro de Piratour, una de las agencias de turismo en Ushuaia con 10 años de experiencia en la ciudad, cruza la barrera de la policía fueguina comienzo a pensar en estrategias para hacer realidad la sugerencia de mis amigos: traerme un pingüino en la mochila. Un magallánico. Son más pequeños, un poco menos movedizos que los Papúa y con menos porte que los pingüinos Rey. No se me ocurre cómo, pero tengo una hora y media para pensar antes de llegar a Estancia Harberton, la propiedad histórica de Thomas Bridges que incluye, en sus 20.000 hectáreas, a la Isla Martillo, donde hay una colonia de pingüinos magallánicos y papúas y se pueden ver algunos ejemplares de Pinguinos Rey. El plan está en marcha.

El camino comienza en la Ruta 3, la arteria por la que se entra, se sale y se circula por Ushuaia. Pasado el control policial que nos saca de la ciudad se entra en los valles signados por el Río Olivia, un paisaje contorneado en forma de “U” por la acción erosiva glaciaria: millones de años atrás, Tierra del Fuego estaba cubierta por glaciares que, al retraerse, dejaron a su paso una geografía accidentada. Así es que encontramos al Monte Olivia y al Cerro Cinco Hermanos, las dos cumbres que custodian la ciudad más austral del mundo. Ambos son parte del cordón de los Andes que pertenecen a Argentina, montañas, cerros y montes que por el clima abrupto y a una altura de 600/700 metros sobre el nivel del mar ya están ausentes de vegetación.

El camino que conduce a Estancia Harberton está marcado por el viento. A los costados de la ruta se puede ver, uno al lado del otro, los llamados árbol bandera, lengas, guindos y otras especies autóctonas que hundieron profundamente las raíces en la tierra y acostaron las ramas en el suelo por la fuerza del viento. Por eso se los compara con una bandera, porque sus ramas parecen flamear. En una de las paradas que hacemos para verlos me comparo con uno de ellos. Son enormes. Aún recostados me sacan varias cabezas.

A medida que avanzamos estamos cada vez más cerca de Chile. La presencia del país vecino es inminente; tanto, que es conveniente poner el celular en modo avión para que las compañías de celulares no empiecen a cobrarnos el roaming en dólares.

Estancia Harberton fue fundada en 1886 por Thomas Bridges, misionero inglés y el primer hombre europeo en establecerse formalmente en Tierra del Fuego. Bridges fue parte de la misión anglicana que se estableció en este rincón de la Tierra para evangelizar a los yámanas, la tribu nativa que Charles Darwin había categorizado como salvajes cuando recorrió el Canal de Beagle en la embarcación del comandante Fitz Roy. Durante la misión, Bridges escribió el único diccionario del lenguaje yámana que incluye 30.000 palabras y que es, hasta hoy, el único registro escrito de esta lengua indígena que se mantiene viva por la última mujer con sangre yámana que vive en Puerto Williams, el pueblo más austral del mundo en la vecina Isla Navarino, en Chile.

Bridges abandonó la misión anglicana y se le entregaron 20.000 hectáreas a 85 kilómetros de Ushuaia. Allí levantó Estancia Harberton, en honor al pueblo de Devon donde había nacido su esposa, resultando la primera estancia en asentarse a orillas del Canal del Beagle. Hoy, la estancia sigue en manos de la familia Bridges por su cuarta generación. La gestión de la estancia está en manos de Thomas Goodall, bisnieto de Bridges, quien vive en la casa original construida en 1887.
La estancia mantiene viva su arquitectura original, con casas de madera, chapa acanalada y piedra. En su entrada hay un pequeño aserradero lleno de troncos cortados y una huerta rodeada de canteros de orquídeas y lupinos de colores pasteles. Las pequeñas callecitas que conectan los edificios que componen la estancia me hacen sentir como en un pequeño pueblo europeo medieval, lleno de pasajes pedregosos, con paredes descascaradas que conservan su encanto y su historia. Pero la Estancia Harberton no se dedica únicamente a mantener vivo el legado de Bridges: allí también funciona el Museo Acatushún: un museo-laboratorio dedicado al estudio de los mamíferos acuáticos y aves del fin del mundo.

Más que una pila de huesos
Natalie Goodall es la esposa del bisnieto de Bridges que actualmente administra la estancia. El museo-laboratoriao Acatushún es el resultado de 34 años de desarrollo científico sobre la fauna y flora austral de Tierra del Fuego. El laboratorio tiene una de as colecciones más extensas de esqueletos de pequeños y grandes cetáceos y aves autóctonas de la región. Más de 2200 ejemplares enteros de los cuales 22 están en exhibición y reproducidos en el museo en escala real.

Cuentan los pasantes del museo que Goodall empezó a encontrar especímenes muertos de delfines, marsopas y focas con frecuencia en las costas del Canal de Beagle. Por los cambios en las mareas y las bajadas sorpresivas, muchos mamíferos quedaban estancados en la costa y morían allí, o bien ya muertos en el océano eran arrastrados por las fuertes corrientes. Como sea, en sus caminatas por la costa del Beagle Goodall se encontraba con animales muertos que recogía para el estudio de patologías. Al día de hoy esta colección de esqueletos de cetáceos es reconocida como una de las más completas del mundo sobre especies del extremo sur de Sudamérica.

Prohibido secuestrar un pingüino
Después de una hora en la Estancia Harberton y un merecido té en la confitería del lugar nos subimos al zodiac que nos alcanza en veinte minutos hasta Isla Martillo. Antes de poner un pie en la isla la cosa se pone seria en la embarcación: uno de los guías de Piratour nos advierte que no hagamos ruido, que no nos separemos del grupo y que, sobre todo, mantengamos nuestra distancia. Mis planes de secuestro acaban de cancelarse.

La mejor postal del recorrido es la vista sobre la playa; una vista similar a la del balneario Bristol en Mar del Plata, atestado, pero de pingüinos. Uno al lado del otro, ensimismados, entrando y saliendo del mar, sacudiéndose el agua de la cabeza a cola. Una secuencia digna de grabar: un pingüino de Magallanes trepando la colina que separa la playa de los nidos, ida y vuelta; escalando cuesta arriba y precipitándose cuesta a bajo a toda velocidad, como bola de nieve descendiendo de una montaña. Una secuencia que terminaría en blooper si la naturaleza no fuera sabia.

El zódiac que nos trajo a la Isla ya nos espera para el retorno sobre la playa. Sin ningún pingüino en la mochila, me despido de los pichones y los adultos desde lejos. El bote arranca su motor y por los costados alcanzo a ver el nado ágil y apresurado de los pingüinos. De no ser por los tres grados que amenazan con congelarme la circulación seguramente me hubiera vuelto con al menos una caricia de uno.

PiraTour Travel
San Martín 847 (9410) Ushuaia, Tierra del Fuego.
Tel:(+54 02901) 435557 - Cel.: (24 hs) (+54 02901) 1560-4646

Por Victoria Miletto

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